Después de sostener el mundo por muchos siglos, las chelonias fueron expulsadas del paraíso flotante del universo. Como dioses en fuga, decidieron que el mejor modo de supervivencia consistía en la reducción, sabían que pasar inadvertidas las perpetuaría, como a los mosquitos o las cucarachas. A cambio, exigieron al gran dios Baco, que concede todos los placeres y que aún era un niño de pecho, que mamaba sin cesar agua violácea con gusto a uva, y mordía las tetas de Sémele con una ambición incansable, que le permitiera trocar el vacío de la existencia por un par de alas para poder transportarse ligeras.
Pero los dioses saben hace tiempo de la sed de poder de los hombres y las bestias, y prevenidos sobre la ambición de las chelonias ahora aladas, que aún creían tener algún tipo de influencia sobre la estabilidad mundana, decidieron convertirlas en piedra y anular el poder otorgado.
Las chelonias midas ahora reposan en las paredes de los conventos, mirando con sus ojos vacíos a las personas que pasan, sin saber de su verdadera esencia. Antes inmortal. Ahora inmóvil.
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